Por Pepa Divosi, miembro del equipo de Psicología Dependentia

En nuestra vida cotidiana, a veces sufrimos pequeños despistes y nos olvidamos de las cosas, cómo cuando no podemos recordar dónde hemos aparcado el coche, cual es el nombre de una persona a la que conocemos o que día tenemos cita con el dentista.

A menudo, el origen de estos fallos puede estar relacionado con el estrés, ya que, en las situaciones en las que experimentamos emociones intensas, no siempre somos capaces de enfocar nuestra atención y podemos distraernos. La falta de sueño o ser una persona “multitarea”, acostumbrada a realizar varias actividades a la vez, son otras de las razones por las que nuestra capacidad para retener información puede verse afectada.

Memoria y olvido

En los procesos de memoria y olvido intervienen las funciones ejecutivas. Estas, son actividades mentales complejas que participan en la organización de los pensamientos, las ideas, los planes, la toma de decisiones y las acciones dirigidas a alcanzar una meta ya que se encuentran implicadas en la planificación, la regulación, el cambio y la inhibición de las acciones que llevamos a cabo.

Cuando los fallos en nuestra memoria nos provocan problemas más serios, puede ser un indicio que existe un mal funcionamiento de nuestras funciones cognitivas y deberíamos consultarlo con un especialista de la salud. Algunos de los síntomas más frecuentes son:

  • Estar distraído y tener dificultades para concentrarse y focalizar la atención.
  • Sentirse disperso y no ser capaz de iniciar y finalizar una tarea.
  • Tener olvidos frecuentes.
  • Mostrar una conducta impulsiva que dificulta las relaciones sociales.
  • No ser capaz de establecer metas y tener problemas para su panificación y desarrollo.
  • Presentar dificultades en la orientación espaciotemporal.
  • Tener afectada nuestra fluidez verbal

 

Contexto ambiental, emocional y memoria

En los procesos de aprendizaje y recuperación de la información, relacionados con la memoria, además de nuestras capacidades cognitivas, también intervienen otros factores relacionados con el contexto dónde estos ocurren.

Veamos algunos ejemplos:

La memoria dependiente del contexto ambiental

En diversos estudios científicos se ha podido comprobar que recordamos más fácilmente si el contexto en el que lo hacemos es el mismo que en el que se realizó el aprendizaje. Esto se debe a que, además de registrar lo que pretendemos memorizar, también grabamos en nuestra memoria las características del ambiente, que nos sirven de llave y activan nuestro recuerdo.

La memoria congruente con el estado emocional

Aquellas informaciones y experiencias personales que tienen un valor afectivo similar al del estado de ánimo actual, se registran y se recuperan mejor que aquellas en las que el estado de ánimo no coincide. Así, si nos sentimos alegres, tenderemos a recordar con más facilidad las experiencias positivas que nos hicieron sentir bien que las que fueron tristes.

Recordamos mejor lo que nos agrada

Si comparamos recuerdos agradables y desagradables que tienen la misma intensidad, la tendencia general es que recordamos mucho mejor los acontecimientos y experiencias agradables en comparación con lo desagradable, que se olvida con mayor facilidad y, además, con el paso del tiempo, estas experiencias negativas suelen recordarse de manera menos desagradable.

Recordamos mejor lo diferente: Efecto von Restorff o efecto de aislamiento

Cuando entre un grupo de elementos parecidos encontramos uno que destaca, éste suele ser más fácil de recordar que el resto, ya que, lo que percibimos como singular y diferente, tiene tendencia a llamar nuestra atención.